02:36 h. Viernes, 20 de Abril de 2018

MOMENTO DE NOTICIAS

Don Mirobel era un viejo corpulento. De rostro esquivo. Con unos ojos pequeños aunque saltones y que parecía tener unas pequeñas bolsas que le colgaban de la parte inferior de cada uno de ellos. De manos negras y gruesas, ese viejo pesaba casi dos

UNA HISTORIA DE LA VIDA REAL ¡Los muchachos no van a velorio…, carajo!

Apenas tenJuan Santanaía siete años cuando la profesora Julia, del segundo grado, nos dio una muy mala noticia.

 
Todos los alumnos de aquel curso, de la escuela San José, donde hoy funciona el dispensario con el mismo nombre, nos quedamos con la boca abierta, pasmados de susto:
-          “Don Mirobel se murió”, dijo la maestra con voz ronca al tiempo que advirtió en tono amenazante y con palabras más firme: “Los muchachos no van a velorio, entienden”.
-          Si profe, fue la respuesta al unísono de todos los alumnos, cual si hubriamos ensayado por semanas lo que íbamos a decir.
Juan Santana, periodista dominicano.  |  11 de Julio de 2017 (00:00 h.)
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vdelorioDon Mirobel era un viejo corpulento. De rostro esquivo. Con unos ojos pequeños aunque saltones y que parecía tener unas pequeñas bolsas que le colgaban de la parte inferior de cada uno de ellos.

Después me dijeron que esas bolsas era por el uso excesivo y obsesivo de unos lentes bifocales y progresivo que parecían fondos de botella y que él usaba hasta para dormir y para mirar a los muchachos que pasábamos por allí, por encima de ellos.
No recuerdo haberlo escuchado hablar nunca, pero una vez me dijeron que don Mirobel tenía voz de trueno.
 
Varias veces, me encontré con él y sus ojos mirándome. Sentía que casi me desnudaba. Parecía que brillaban, aun en el día.
 
Tenía que pasar todas las mañanas por el frente de su casa para ir a la escuela. A veces, él, se hacia el dormido en una vieja mecedora empajillada con cabuya que todavía no entiendo como soportaba su pesado cuerpo. 
 
Sin embargo, don Mirobel tenía la costumbre de que cuando sentía a alguien acercarse, se ajustaba los espejuelos y mirar por encima de ellos. Luego me explicaron que los bifocales ya no funcionaban como cuando los mando hacer, pues sus ojos, ya se le se estaban apagando. Sufría de astigmatismo progresivo.

El día que se murió, eran casi las diez de la mañana. Lo recuerdo porque era casi la hora del recreo. En el en el colegio todo iba normal hasta ese  momento.

A la  hora de salida, muchos de mis amiguitos se fueron a sus casas directos. A mí, la curiosidad me mataba. La casa de don Mirobel estaba llena de gente adulta. La profesora Julia pasó rauda, como un chele, por el lugar y no se detuvo. Vivía a unas dos cuadras del de allí. Era poco sociable y no visitaba a nadie.
 
Cuadernos en mano, me abrí paso para entrar a la casa. Hacía un calor insoportable y ya empezaba a sudar hasta los pies. 
 
Cuando entre, a don Mirobel ya lo tenían en la “sanda”, en el medio la amplia sala de la casa. Sin abanicos y entre cuatro candeleros con sus respectivas velas encendidas y una batea llena de hielo debajo del féretro.
 
En el fondo, el ataúd color caoba, parecía acolchado y tenía una almohada que soportaba la cabeza casi cuadrada de don Mirobel. Era un cajón cuadrado o más bien rectangular. Años después entendí que lo habían hecho así, para una persona de su corpulencia el viejo a casi setenta años de edad, pesaba casi doscientas libras. Otros viejos a esa edad se gastaban...
 
La caja estaba abierta. Al fondo de la sala y recostada a la pared estaba la tapa como pude ver luego en otros velorios. En la cabecera del féretro había unas cortinas de la Protectora, o Funeraria…, no recuerdo el nombre.

Estaban casi descoloridas y descosidas en sus ruedos por el uso. Daban un aspecto lúgubre a ese espacio. Fuera de la casa, aun estaba el carro fúnebre, negro, en donde habían traído las sillas plegadizas, también de color gris, las cortinas y la caja de muerto.
 
Las sillas, grises, las acomodaron en dos filas, alrededor de la caja. Eran ocupadas por familiares y amigos del fallecido. No había muchachos allí a excepción de mi pequeña personita. Todos eran de muy avanzada edad, es decir eran muy viejos y eso me inquietaba. Es mas, me daba miedo. Me aterrorizaba.
 
Había gente de pie, alrededor de la caja. Algunos lloraban y se abrazaban. Se daban el “pésame”. Un olor fuerte dominaba el ambiente. Era una mezcla de flores húmedas y recién cortadas, yerbabuena, agua bendita y cera de las velas que se quemaban con mucha  rapidez en aquella sala que hervía por el calor. 
 
Todas las miradas cayeron sobre mí al verme llegar con los chorros de sudor y acercarme con cierta timidez al sarcófago. 
 
-          “Los muchachos no van a velorio”, resonó una vez más la voz de la profesora Julia- pero esta vez dentro de mi cabeza. Sin embargo, quería ver a don Mirobel para estar seguro…, pero, seguro ¿de qué?
 
Era la primera persona muerta que iba a ver, creo que solo era curiosidad. Sin embargo, sería un acontecimiento del que mas luego me iba arrepentir…, toda la vida.
 
Como pude, me abrí paso entre la gente mayor y me encamine inseguro hacia la caja mortuoria.

Los adultos me observaban con curiosidad unos, con sorpresa otros. Yo diria que hasta con pena.

La caja que contenía los restos de don Mirobel, estaba montada en una especie de catre de metal, también pintado de gris. Estaba tan alta para mi estatura, que apenas me permitía verle los pies, metidos en  unas medias color  azul marino que le habían. 
 
Decidido, venciendo el miedo, avancé. Me acerqué lo más que pude. Me puse los cuadernos debajo del brazo izquierdo y me aferré a uno de los lados de la caja.

En puntillas, empiné mi delgado cuerpo y me propuse ver…, más, mucho más de cerca. 
 
La caja de tambaleó ante mi temeridad. Casi me tiro el muerto encima  y lo vi entero y de cerca. Sin embargo, lo que vi, me dejo paralizado…, horrorizado.
 
Don Mirobel, ataviado con un traje cruzado de un azul a rayas, con una camisa blanca impecablemente limpia, tenía los brazos también cruzados a la altura de su abultado abdomen.

Sus manos negras y grandes, estaban entrelazadas y apretaba con fuerza, un crucifijo que le llegaba hasta el pecho. Ese mismo crucifijo, momentos antes, había estado pegado a la tapa del ataúd…

-          ¡No tenia lentes! Me dije. 
 
Sus ojos estaban cerrados y tampoco mostraban aquellas bolsitas que tantas veces vi debajo de ellos. Su nariz amplia, desarrollada, profunda; estaba cubierta de algodón, aunque no entendía por qué ni para que. Igual estaba su boca entreabierta…, cubierta de algodón por el que percibí, escapaba un hilillo de baba ensangrentada.
 
Semi paralizado por lo que vi, no escuché las voces que a una voz me decían, me voceaban, me gritaban:
 
-          “Los muchachos van a velorio”. 
 
Aturdido, salí de aquel enrarecido lugar y llegue a casa casi corriendo y con el corazon en la boca. Ese día no comí. En la noche, me acosté más temprano que de costumbre y sentí que todo mi cuerpo ardía de fiebre. 
 
Durante los nueve días de duelo, en la casa que fue de don Mirobel, se juntaba mucha gente adulta, “a rezar por el eterno descanso de su alma”
 
No volví a pasar por el lugar ni amarrado. Prefería caminar tres cuadras más para llega a la escuela. En las noches, me despertaba a cada instante. Veía a don Mirabal sentarse en la caja y quitarse los tapones de algodón de la nariz y de la boca y sonreír..., ¡en vida jamás le vi sonreír! 
 
Entonces descubrí que don Mirabal tenía un diente de oro en su boca. En la mandíbula superior  y comprendí, de una vez y para siempre,  que ¡los muchachos, no va a velorios…, carajo!